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En Canto a la vida un ingeniero agrónomo enamorado de los suelos, como alfa y omega del ecosistema que ellos son, con la madurez propia del profesional que, después de diez lustros de ejercer su carrera siente casi cumplida su misión, le canta a las tierras, a los paisajes tropicales, a sus botas de ingeniero, a los atardeceres, a los luceros, a las aves y a las mariposas, al croar de los batracios, a las noches de luna llena y a la densa oscuridad propia de las noches en las que Ella oculta su mirada de luz a nuestra vista, al silbante sonido de la brisa. Mientras, a todo aquello lo enmarca y circunda la mirada tierna de una mujer amada que, aunque distante, palpita en el fondo de toda esa dinámica de espumas y de ríos caudalosos que surcan el soberbio territorio Caribe en las tardes de invierno. Además, a trechos, muestra su sensibilidad social al inspirarse en la menguada existencia del más humilde guitarrero que canta cada noche, de bar en bar, buscando día tras día, el cielo.

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