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Por eso, quien dice Yo debe sin cesar acercarse a él para encontrar por fin al compañero que no lo acompaña o establecer un vínculo con él lo suficientemente positivo como para manifestarlo al desanudarlo. Ni ngún pacto los ata y, sin embargo, están potentemente ligados por una interrogación constante (describa lo que ve; ¿escribe usted ahora?) y por el discurso ininterrumpido que manifiesta la imposibilidad de responder. Como si, en este retraimiento, en el hueco que quizás no es nada más que la erosión invencible de la persona que habla, se pusiera en libertad el espacio de un lenguaje neutro; entre el narrador y este compañero indisociable que no lo acompaña, a lo largo de la estrecha línea que los separa como separa al Yo hablante del Él que hay en su ser hablado, se precipita todo el relato, desplegando un lugar sin lugar que es el afuera de toda habla y de toda escritura, y que las hace aparecer, las desposee, les impone su ley, y manifiesta en su desarrollo infinito su espejeo de un instante.
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